Opinión

El despecho puede parecer anacrónico en estos días, y lo digo porque últimamente no he escuchado a nadie quejándose de mal-de-amores. Pareciera que el pragmatismo ha devenido en pastilla para prevenir el sufrimiento, y el amor idílico y eterno ha pasado a ser una exageración.
En cuestiones de Estado y de administración del poder es difícil hablar de moralidad y ética. Hay que tener en cuenta que para que los trámites de la vida pública funcionen no hay que hablar de honestidad de la boca para afuera.
El mundo nos observa con asombro y, en esta parte del planeta se añade la preocupación por las dificultades derivadas de la multitudinaria presencia de venezolanos en sus territorios. Sin embargo, al narcorégimen pareciera importarle poco o nada.
La urgencia de la ayuda humanitaria que reclaman y su acopio es el punto de unión entre las víctimas alrededor de Guaidó y es ese el único foco capaz de sostener la concertación internacional, alejando los territorios propicios para la cobardía o la neutralidad.
La transición en materia económica ha de permitirnos regresar a la inflación de un solo dígito anual, como ha venido siendo en Colombia, Ecuador, Perú, Chile, y en casi toda América Latina.
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