No creo que haya mejor homenaje y recuerdo a su memoria que emprender la labor de edición de sus diarios, para que las palabras, las ideas y la visión de mundo de este guayanés que tanto hizo por el estado Bolívar siga perdurando en la memoria de sus coterráneos.

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Ramón Isidro Montes, el domingo 26 de mayo de 1889, escribió febrilmente en su diario: “Salí a caballo y después de haber visitado las tumbas de mis padres y de mis hijos, estuve en La Magdalena y di vuelta por San José: vine poco antes de las 9 y leí los periódicos (...). Hoy me he sentido muy desmayado”.

Sería la última nota que escribiría ya que, dos semanas después, falleció en la misma tierra que lo vio nacer y a la cual había ofrendado su vida y trabajo como uno de los más notables intelectuales de la Guayana del siglo XIX. Abogado, senador, presidente de la Corte Suprema de Justicia, pedagogo, creador del Colegio Nacional de Guayana, poeta, fundador de los estudios universitarios y autor de varios textos educativos, la vida de Ramón Isidro Montes permite vislumbrar una época de construcción de ciudadanía y de arraigo de lo público que afloraría en la Ciudad Bolívar de aquel ya lejano siglo.

Ramón Isidro Montes nació en Angostura, la actual Ciudad Bolívar, el 5 de septiembre de 1826. Perteneció a una familia de constructores de república pues su abuelo, el general caraqueño Juan Montes, sirvió a la causa patriota combatiendo al lado de José Félix Ribas, Rafael Urdaneta y el mismo Simón Bolívar. Sus padres, Juan Montes Salas y Nieves Cornieles guiaron la educación del niño Ramón Isidro bajo la doctrina cristiana y la tutela de educadores guayaneses. Sus estudios superiores los realizó en Caracas. En ese contexto, Ramón Isidro Montes fue testigo de la apertura y desarrollo de varios elementos esenciales para que el campo intelectual guayanés germinara favorablemente: la libertad de prensa, el fomento de la educación y de la asociación y el aumento de medios de comunicación. El hecho de que Angostura fuese en aquellos años un floreciente y concurrido puerto fluvial internacional propició las condiciones para el desarrollo sociocultural de la región.

En ese contexto de desarrollo de espacios para el encuentro con el otro se desenvuelve el universitario Ramón Isidro Montes, quien se gradúa en Caracas de teniente de ingenieros en la Academia de Matemáticas en 1847 y, al año siguiente, recibe el título de Licenciado en Derecho Civil por la Universidad Central. Ese mismo año de 1848 es conocido por la historiografía como el “Año de las revoluciones”, alzamiento de estudiantes y obreros que conllevó al derrocamiento del régimen absolutista en Europa. Las noticias de estos cambios sociales que ocurrían en el viejo continente, promovidos y alentados por los intelectuales, eran de consumo habitual por los universitarios y pensadores venezolanos, lo cual remarcó el acento de lo social en los discursos venezolanos de esos años.

Este acento en lo social será un signo permanente en la obra de Ramón Isidro Montes, obra impregnada además de inteligencia, honradez, justicia, trabajo, constancia, solidaridad y patriotismo. Sus ideas políticas, las cuales fomentaban el federalismo y la libertad, al igual que sus reflexiones educativas, que alentaban una instrucción conectada con la realidad, sin descuidar la formación ética y ciudadana, hacen de Ramón Isidro Montes uno de los intelectuales de mayor solidez en la historia venezolana, a la par de Valentín Espinal, Cecilio Acosta y Fermín Toro, entre otros. Sin exagerar, su discurso del 27 de octubre de 1868, pronunciado en el Colegio del Estado Guayana, contiene la mejor evaluación de la educación venezolana del siglo XIX que se haya escrito en su momento y propone además una innovadora reforma a la instrucción pública, descentralizada y con miras al progreso material y espiritual de la nación:

“Es necesario instruir y educar desde su más tierna edad a los futuros ciudadanos, a fin de que conozcan sus deberes, comprendan sus derechos y sepan hacer uso de su actividad física, moral e intelectual, en provecho propio, en bien de sus semejantes, en honra y progreso de su país. La primera condición para el recto ejercicio de la soberanía en el ciudadano, es la inteligencia, la conciencia de los deberes y de los derechos en el individuo. Es preciso primero saber ser hombres para saber después ser ciudadanos. No puede aspirar justamente al mando y dirección de la sociedad, al gobierno de los demás, quien no sabe gobernarse a sí mismo. Aquí pues, en la propagación de la instrucción pública, en la educación de la juventud, aquí, está la raíz, aquí la fuente pura de la soberanía popular. ¡Bien hayan los pueblos y los gobiernos que construyen edificios y levantan palacios destinados a tal objeto, porque de ellos es el reino de la democracia!”.

Ramón Isidro Montes llevó registro de los últimos 23 años de su vida en un diario, en el cual, día tras día, anotaba las impresiones cotidianas y variadas reflexiones sobre el acontecer político, cultural, económico y social de la Venezuela de la segunda mitad del siglo XIX. Este diario, conformado por 45 cuadernos que inician el 2 de febrero de 1866 y finalizan el 26 de mayo de 1889, 14 días antes de su muerte, contiene varios datos que pueden darnos una imagen sobre su mentalidad y sobre la vida cotidiana de la Ciudad Bolívar de aquellos años.

No creo que haya mejor homenaje y recuerdo a su memoria que emprender la labor de edición de sus diarios, para que las palabras, las ideas y la visión de mundo de este guayanés que tanto hizo por el estado Bolívar siga perdurando en la memoria de sus coterráneos.

Otras páginas

- La era del pez. A veces ocurre que la literatura percibe con mayor tino los invisibles pliegues de la vida y ofrece señales que nos advierten de la leve llovizna que puede terminar convertida en destructiva tormenta. Así ocurrió por ejemplo con La era del pez, una novela del escritor alemán Ödön von Horváth. Publicada en 1936, cuando aún los terrores del nazismo aún no habían mostrado toda la fiereza de sus colmillos, esta novela es una pavorosa historia de un profesor de colegio que ve cómo sus alumnos van perdiendo los valores que permiten la convivencia social, como la honestidad y el respeto por el otro. Como dice una de las solapas del libro: “Una generación completa de europeos cayó en el cepo nazi por no haber reaccionado a tiempo. La era del pez habla por aquellos que no quisieron o no supieron distinguir el reino de las tinieblas (…). A la manera de William Golding en El señor de las moscas, Von Horvát entendió cómo las relaciones entre un grupo de niños puede expresar con exactitud una aterradora metáfora de toda la humanidad”. Editada en español por Pomaire en 1979, esta novela puede decirnos mucho acerca de nuestra propia tragedia.

- Hambre y poesía. “El año que es abundante de poesía, suele serlo de hambre”. Miguel de Cervantes.

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