Una columna dedicada a los “Poetas del Río”, a la Fundación La Barraca, al trabajo incansable del periodista Juan Manuel Carvajal. A aquellos cultores de la Villa del Yocoima.

Es por la lectura de uno de esos trabajos periodísticos que invitan a la reflexión sobre el devenir, ser y estar, que aplica en los venezolanos cuando repasamos, una y otra vez, las duras circunstancias de la catástrofe social, económica e institucional que atravesamos a duras penas. Es por esos enfoques hondos y trascendentes que arribamos a plantearnos el tema de los creadores del arte, cuya imagen la generalidad de la población asocia con seres especiales por la vocación y el esfuerzo. Ejecutores de disciplinas diversas, que divisamos en incontables ocasiones tanto en el plano nacional como local. En las calles, en los derruidos recintos del quehacer artístico, en las ciudades y comunidades, cuando allí la gran mayoría solo brega por el pan del día sin posibilidad por el amor al arte. Personalidades y personajes que desde el mundo del talento hacen contribución a la grandeza de espíritu, a dejar constancia de la memoria regional y nacional. El trabajo que menciono es de Carlos Javier González Serrano, filósofo español, comunicador, asesor cultural, editor de la publicación El Vuelo de la Lechuza.

Dice Serrano en el trabajo en referencia al filósofo Arthur Schopenhauer y que titula del mismo modo que la máxima obra del último: El mundo es voluntad y representación: “existe sin duda en Schopenhauer una desaforada urgencia por desprenderse del mundo fenoménico (empírico). La historia del género humano y la multitud tanto de sucesos como de cambios de épocas sólo representan para él manifestaciones contingentes de ideas, pues el tiempo, por sí mismo, no produce nada nuevo o significativo”. Agregando en líneas sucesivas, “como indica Schopenhauer: la música no habla de las cosas, sino del bienestar y de la aflicción en estado puro (únicas realidades para la voluntad), y por eso se dirige al corazón, pues no tiene mucho que decirle directamente a la cabeza” (HN III, página 279).

“Con su música a otra parte”

El texto de González Serrano explica en cómo el señor Schopenhauer se basa en la contemplación diestra sobre el conocimiento en general y las manifestaciones del arte, en específico. Así apunta el pensador del siglo XIX: “mi vida en el mundo real supone un brebaje agridulce. Consiste, como mi existencia en su conjunto, en una continua adquisición de conocimiento, una continua ganancia de comprensión que concierne a ese mundo real y a mi relación con él. El contenido de este conocimiento es triste y deprimente, pero la forma del conocimiento en general, el ganar en comprensión, el penetrar en la verdad resulta satisfactorio y, de un extraño modo, entremezcla su dulzura con aquel amargor”. Puntualiza, fundamentando en un extenso capítulo por que la música es la disciplina que más retrata el espíritu humano.

Una introducción imprescindible al entrar en las historias terrenales del devenir guayanés, producto del influjo de la lectura. A principios de los años 90, le vi caminar por la calle Democracia, cerca de la plaza Centurión en Ciudad Bolívar. Era un hombre delgado, de paltó gastado e increíblemente humilde, después supe que era de los pintores ingenuos de la capital de Guayana, cuando esta se llenaba de poetas de “otoño” y hasta de auténticos artistas populares que caminaban como el pintor sin rumbo fijo por las avenidas de la antigua Angostura. José Martínez Barrios, que moriría de desnutrición, provocó la reacción de los cultores que impulsaron con algún ruido por aquellos entonces, la necesidad que el Estado venezolano creara la ley de protección social de los hacedores de la acción cultural. Eso no llegó a nada. Los aportes oficiales más que modestos que siempre buscaron manera de sostener, en medio de necesidades, alinearon a la mayoría de grupos organizados e individualidades en el estado Bolívar con el proyecto de Chávez. Cualquier cantidad de censos se implementaron, florecieron misiones de todo tipo que “reclutaron” el arte, pero que no significó ni en lo nacional ni en lo regional, tal como reflejan los datos pormenorizados de las publicitadas inversiones del sector cultural por la revolución bolivariana, avances trascendentes, ni apoyos sólidos al bienestar social del movimiento artístico. Con los años el Museo del Orinoco fue intervenido por la policía del estado Bolívar, desde instrucciones directas del gobernador Rangel Gómez. El Museo Soto fue igualmente puesto bajo las directrices administrativas del socialismo. Expresiones como la plaza del Ajedrez, en el Paseo Orinoco, impulsada por el poeta Jesús Colina, recibieron los embates de la administración local y les fue quitado espacio e instrumentos. Medidas que sirvieron, aún más, para hacer languidecer las instituciones e instancias hasta su casi desaparición. Hablamos de Ciudad Bolívar, en Ciudad Guayana, desde la Fundación La Barraca que aún se sostiene gracias al esfuerzo titánico y voluntario de quienes profesan su afecto íntegro por las tablas, organizaron actividades en función de la ley regional de la cultura, que como se sabe es un “caliche”, con una coma, aquí otra allá, de la vigente ley nacional: todo siguió igual que en la repudiada cuarta república y hasta peor, después de enormes expectativas que se volvieron cuentos de caminos. Los cultores más conocidos, uno a uno, fueron saliendo de las simpatías de la revolución (aún quedan algunos, siendo la imagen de lo que representa el socialismo del siglo XXI en la atención bolivarense, la plaza Bolívar solitaria, con Serenata Guayanesa cantándole al vacío) y hoy como las comunidades, las oficinas públicas, empresas básicas, las avenidas y el propio comercio, se ha venido desmantelando toda idea, asociación e iniciativa relacionada con la cultura. Volviéndose así, sinónimo de escombros, harapos, que muere en colectivo por la desnutrición de propuestas y el hambre de sus trabajadores. El socialismo, por su parte, se lanzó con el discurso del proyecto del Arco Minero, dejando sin disimulos la vocación humanista de mentiras para convertirse en depredador y amo de la riqueza del subsuelo.

¡Hasta pronto!

No hay una simbología más cruel y dolorosa de como terminan, por ahora, dos eventos que dieron realce a la región. Al guitarrista, José Luis Lara, le fue truncada la vida por la acción antisocial que desde hace mucho tiene control de la vida ciudadana en los otrora pueblos tranquilos de Bolívar. El Festival Internacional de Guitarra Angostura (FIGA) perdió a su creador y su impulso, quizás definitivamente. El Festival del Jazz del Orinoco se paralizó. La música que con Ivo Farfán, su creador, se fue a otra parte, según el mismo nos cuenta, por estos días, al llegar a Colombia, acosado por necesidades múltiples, y la imposibilidad de soñar con el sonido de los saxos cantándole al Orinoco y a Venezuela entera.

Ahora, en pleno corazón de la destrucción venezolana. En este torbellino que el proyecto totalitario de la revolución bolivariana, empuja con premeditación para la desintegración de la voluntad y la existencia. Nuestro pulverizado quehacer cultural local. ¿Puede ser instrumento de re-crear y de reinvención de la sociedad libre? Sobre todo en este patio todo está muy oscuro pero como escribe González Serrano, que es explicación de Schopenhauer: si el mundo termina, sobrevive el arte y fundamentalmente la que contiene su mayor esencia que es la música. De allí pensamos que Guayana se reinventara, tendrá nuevos paradigmas y crecerán los cultores que aún quedan y quienes hoy se alejan en búsqueda del sosiego que les permita representar el mundo desde la danza, la poesía, pintura, la actuación y la música. Ellos también serán imprescindibles para que no repitamos nunca más estos capítulos infames.

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