El despecho puede parecer anacrónico en estos días, y lo digo porque últimamente no he escuchado a nadie quejándose de mal-de-amores. Pareciera que el pragmatismo ha devenido en pastilla para prevenir el sufrimiento, y el amor idílico y eterno ha pasado a ser una exageración.

El sufrimiento perdió mucha reputación con la Iglesia Católica. De ser el cristianismo una religión de los pobres, abrazado al símbolo de la cruz, pasó a ser la religión de los ricos y poderosos, una vez ésta fuera adoptada por el imperio romano. Desde entonces, el discurso del sufrimiento cristiano fue dirigido a los pobres, mientras los poderosos siguieron crucificando a los desposeídos, no dejándolos tampoco ser ni trabajar en paz. Comprensiblemente, es por eso que la idea del dolor como redención pasó a ser sospechosa.

Un sacerdote margariteño amigo de mi familia, sin embargo, decía que el sufrimiento es una prueba. Y no hay que buscar el dolor, la realidad lo da con una absurdez aplastante. Para él, la religión cristiana debe estar junto a uno para asumir la vida o soportarla sin temores, para renovarse y resucitar.

Por eso el despecho puede parecer anacrónico en estos días, y lo digo porque últimamente no he escuchado a nadie quejándose de mal-de-amores. Pareciera que el pragmatismo ha devenido en pastilla para prevenir el sufrimiento, y el amor idílico y eterno ha pasado a ser una exageración. Tanto, que la cosa se está poniendo insípida.

Hay una playa en Grecia a donde van los jóvenes a llorar sus guayabos. Allí montan fogatas y el doliente se hace acompañar con los amigos para cantar y danzar torpemente. Es un ritual para ser vivido y entregarse a él por completo, porque el guayabo es el vacío que sigue a la plenitud del amor sereno, apasionado.

Hay un pub en la ciudad de Londres, allí quedó una vez un guayabo. Regresaría a él para recoger su espíritu entre las paredes, las imágenes de marcas de cerveza por el trasluz de las ventanas.

La fortaleza para llorar, soltar y dejar ser, soltarse y ser, acaso sea el más preciado anhelo después del despecho.

Vivir un romance a medias por temor a sumergirse en él es muy la bebida de estos días. Licores sin alcohol, café sin cafeína. Se esfuma uno también con ellos.

Se puede estar en una obra de teatro y no estarlo. Hay quienes van sólo para tomar fotos, para fijarse en el actor preferido y olvidarse del otro, estar pendiente de enviar la cosa por las redes. ¿No se siente un vacío? ¿Y qué de esa inquietud que queda después del arte?

Para cuando venga La Pelona a rompernos la burbuja, no sabremos de pecados ni de virtudes. Tampoco de placeres, esa es la paradoja de estos tiempos. Quedará el papel doblado y doblado sobre sí mismo.