Martes, 21 Febrero 2017 00:00

Sofía Ímber, la intransigente versus los adjetivos [+ videos]

 
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Sofía Ímber murió a los 92 años Sofía Ímber murió a los 92 años Fotos cortesía

El problema está en el adjetivo. Viene a morirse Sofía Ímber y no se le ocurre a uno, máxime en el país de los lugares comunes, otra cosa que no sean adjetivos elogiosos.

Es un peligro el adjetivo. El adjetivo pretende, sin éxito, describir. Se ufana de resumir y, en cambio, minimiza. Califica como si tal cosa y, a veces, distorsiona. Sentencia sin juicio, testigos, jurado, ni razón.

En el lunes 20 de febrero de 2017 venezolano, ese lunes en el que Sofía Ímber murió, los adjetivos proliferaron. La grande. La excelsa. La genial. La maravillosa. La fructífera. La nosequé.

SOFiA2Diego Arroyo rescató las memorias de Ímber | Foto cortesía El Nacional

Todos ellos tienen un poco de razón. Y a la vez, ninguno la tiene. La cosa parece hasta medio hamletiana: to be or not to be.  ¿Podríamos utilizar multidimensional como el adjetivo mejor adaptado a Sofía Ímber? Puede que sí, pero el pecadillo del encierro, de la obcecación, prevalecería a todas luces.

En la Venezuela que se descubría moderna, que vestía una democracia con olor a nuevo, en esa república de la alternancia de los civiles en el continente de los gorilas, Sofía Ímber se empeñó en que sus ciudadanos (vaya palabra para bonita) no debían envidiarle nada a los neoyorquinos con su MoMA. Del empeño se edificó (y perduró) el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas. Ella lo fundó el 20 de febrero de 1974.

El MAC (Macsi a partir de 1990, cuando Carlos Andrés Pérez decidió, en tributo, añadirle el nombre y el apellido de su fundadora) fue símbolo y representatividad de esa vanguardia. Los venezolanos tuvieron ante sí a Monet, a Duchamp, a Warhol, a Miró, a Picasso, a Braque, a Kandinsky y a Rodin. Todo ello, con Sofía Ímber al frente, hasta que en 2001, Hugo Chávez, en uno de sus primeros arranques totalitarios, la destituyó. Sofía respondió: “Creo en la revolución que hizo el Museo de Arte Contemporáneo, que fue pionero en la manera de ver la museología y de servir al país. Nosotros somos la revolución”. Esa congregación contraviene e imposibilita todo intento de encasillarla en adjetivos.

SofIa4En una pose habitual con el animador Renny Ottolina

Multiplicidad

Sofía Ímber, por decir lo menos, transitó las trochas del periodismo. Lo hizo desde la mordacidad de la pluma en una columna, Yo, la intransigente, y desde la permanencia televisiva en un programa, Buenos días, por donde desfilaron, por igual, artistas, políticos e intelectuales.

 

SofIa3Con Carlos Rangel condujo Buenos días

 

En ambas tribunas hizo lo mismo: cuestionar y disentir. Defender la universalidad: es una pieza del periodismo de opinión su crítica a la censura en Venezuela, durante la primera y engominada presidencia de Rafael Caldera, de El último tango en París. Y, además, su defensa descarnada de la escena en la que un adorable Marlon Brando se facilita la penetración anal a Maria Schneider con una untadita, chus-chus, de mantequilla. Otro round contra la pacatería y el encasillamiento.

La intransigente (¡ah, el adjetivo!) dividió su vida amorosa entre dos cerebros de las letras: Guillermo Meneses y Carlos Rangel. Uno, entregado a la creación de ficciones literarias. Otro, entregado a derribar ficciones políticas. Con uno entabló relaciones con Los disidentes. Con el otro compartió el protagonismo de Buenos días y fue sacada con piedras y gargajos por el ala intolerante y ñángara (¿sinónimos?) de la UCV. De uno se divorció. Del otro enviudó desde el instante de un balazo suicida.

Del retiro y del silencio que se había impuesto la sacó, ya en sus últimos años, un joven reportero, Diego Arroyo. Él vio en su vida una mina de historias y enseñanzas. El resultado fue un libro, La señora Ímber. Fue él, por cierto, quien informó sobre la muerte.

SofIa5Intelectuales de todo el mundo se sentaron frente a sus preguntas

Hubiese odiado esta intransigente (nacida en Moldavia en 1924 y provista, siempre, de una extrema confianza en sí) ser recordada con esos lugares comunes de los que no está exento este escrito. Ojalá que no se multipliquen las caricaturas vomitivas que la representen con alas y sobre nubecitas.

El mejor tributo, en todo caso, es pensar de nuevo a través del arte y no sobre el fardo regresivo de estos días. El mejor tributo, también, puede ser un periodismo cuestionador en el medio de la uniformidad y la autocensura complacientes y cómodas que pretenden imponerse. El mejor tributo, además, en no encasillarla con adjetivos, pese a que ella misma también apeló a ellos con lo de intransigente.

 
 
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